“El valor de estar aquí”

Una de las cosas que más me enriquecen de ser médico es poder apreciar, cada día, el valor de la vida.

Vivir tan cerca de historias donde la salud pende de un hilo me recuerda constantemente que todo es efímero.

Que hay una línea muy delgada entre estar… y ya no estar.

Y que, mientras estamos, tenemos la oportunidad de ver con otros ojos, de vivir con más presencia, y de valorar lo que realmente importa.

Esta mañana empezó como muchas otras. Pero, sin duda alguna, terminó dejándome pensativa el resto del día. Me hizo detenerme, hacer conciencia… y observar la vida desde otro lugar.

Aquella consulta, comenzó con lo habitual: revisión, escucha, preguntas… pero algo cambió casi al final, cuando le dije:

— Qué gusto me da verlo aún de pie después de dos años de su diagnóstico. Las probabilidades eran pocas, pero usted es parte de esa minoría.

Con esas palabras, la consulta se transformó. Ya no hablábamos solo de medicina, sino de vida, de resiliencia, de lo que significa seguir adelante cuando todo parece perdido.

Me habló, con voz entrecortada pero firme, de lo que sintió al escuchar por primera vez esas palabras duras:

— Cáncer de páncreas.

Le dieron nueve meses. ¡Nueve! Con suerte. Y hoy, dos años después, sigue aquí.

Me compartió su proceso, cómo, a pesar de todo, sigue de pie.

Y aunque no nombró al miedo directamente, lo vi. Estaba en su mirada. En sus pausas. En su forma de sostener las palabras.

Hablamos de sus momentos de incertidumbre, del riesgo que implicaba una cirugía larga y compleja, de las quimioterapias. En algún punto, mencionó que uno de sus temores iniciales era perder el cabello… y que, para su sorpresa, no lo perdió.

Yo, sonriendo, le dije:

— Usted es un milagro andante, ¡y le preocupaba su abundante cabellera!

Nos reímos.

Pero también me habló de la FE. Me dijo:

— Solo Dios sabe por qué seguimos aquí.

Y le respondí:

— Porque todos tenemos un propósito. Y usted aún no ha terminado el suyo.

Con el corazón en mano hablamos del valor de la vida. De cómo, muchas veces, nos perdemos en el ruido cotidiano: el tráfico, el mal genio, los problemas de siempre.

Se nos olvida que despertar cada mañana YA ES UN REGALO.

Se nos olvida que el cuerpo, ese que tantas veces criticamos frente al espejo, es lo que nos sostiene cada día.

También me compartió que, a veces, las personas quieren acercarse, pero no comprenden que, en su condición, un simple resfriado podría convertirse en un gran riesgo.

Yo no necesitaba más para comprender que, aunque esté rodeado de amor, en algunos momentos se siente solo. Porque nadie —excepto quienes han pasado por algo similar— puede imaginar del todo lo que significa caminar con ese diagnóstico.

Y, sin embargo, ahí está.

Con fuerza. Con fe. Con cabellera… y con VIDA.

Presente.

Inspirando a otros —como a mí— sin siquiera saberlo.

Esa conversación me acompañó todo el día.

Me recordó que ninguno de nosotros tiene garantizado el mañana, pero sí tenemos el poder de elegir cómo vivimos el hoy.

Que nuestro cuerpo merece ser cuidado, no solo por salud, sino por GRATITUD.

Y que quizá no hace falta una enfermedad para despertar…

Solo detenernos. Respirar.

Y mirar la vida como lo que es: un milagro que sucede a cada instante.

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