Vivimos en una época en la que todo parece inmediato: la comida, la información, los resultados. Sin embargo, cuando hablamos de nuestro cuerpo, las cosas no funcionan así. Nuestro organismo tiene su propio ritmo, su propio lenguaje y su propia manera de sanar, adaptarse y florecer.
Muchas veces queremos cambios rápidos: bajar de peso en semanas, tener más energía en días o revertir hábitos de años en un par de intentos. Y cuando no vemos resultados inmediatos, llega la frustración. Pero aquí está la verdad que solemos olvidar: cuidar de nuestro cuerpo es un proceso, no una meta de corto plazo.
La paciencia no significa quedarnos de brazos cruzados, sino aprender a confiar en el camino. Cada elección de autocuidado —alimentarnos mejor, movernos, descansar, escuchar nuestras emociones— es una semilla que sembramos. Aunque no veamos los frutos de inmediato, esas semillas están trabajando silenciosamente dentro de nosotros.
El autocuidado no es un lujo, es una prioridad. Y entender esto cambia nuestra relación con la salud. Se trata de tratarnos con la misma compasión con la que cuidaríamos a alguien que amamos profundamente.
Imagina que tu cuerpo fuera tu mejor amiga(o): ¿le presionarías, le criticarías o le exigirías resultados inmediatos? Probablemente no. Le acompañarías, le animarías y le recordarías que todo lleva tiempo.
Ser pacientes con nuestro cuerpo también nos enseña algo poderoso: a disfrutar del proceso. En ese camino podemos descubrir nuevas fortalezas, aprendizajes y, sobre todo, una relación más amorosa con nosotros mismos.
Hoy quiero invitarte a que hagas una pausa y te preguntes: ¿cómo estoy cuidando de mí? ¿Desde la exigencia… o desde el amor?
Porque al final, la salud no se trata solo de llegar a una meta, sino de caminar cada día en armonía con nuestro propio cuerpo.
Sé paciente, confía en tu proceso y nunca olvides que cuidarte no es una opción… es el mayor acto de amor propio que puedes regalarte.
Con cariño, Dra. Sara González.

